Dios es como un río que fluye por toda la creación. A veces, en momentos de abundancia, desborda con fuerza, renovando todo a su paso. En otras, durante las sequías de la vida, parece apenas un hilo de agua, pero nunca cesa. Este río divino alimenta las raíces de nuestra fe, incluso cuando no lo vemos en la superficie. Sus aguas curan heridas, sacian la sed del alma y fertilizan sueños que parecían muertos. Cuando nos sentimos perdidos en el desierto de la existencia, solo necesitamos cavar un poco más profundo para encontrar Su presencia fluyendo silenciosamente bajo nuestros pies, sosteniendo cada paso que damos.
"Pero Dios muestra su amor para con nosotros, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros". Este versículo nos recuerda que no necesitamos ser perfectos para recibir el amor de Dios. Él nos amó primero, incluso cuando éramos pecadores, y a través de Jesús podemos ser perdonados y reconciliados con Él. Romanos 5:8
El mensaje ha sido copiado.
